La conocí hace 8 horas, a las puertas de un teatro. La vi, me vio, me sonrió y se sentó a mi lado. A mitad del acto dos me beso por error y para el acto cuatro nos besábamos con locura.
Vino para quedarse esta noche conmigo, pero ¿y si vino para quedarse en mi vida?
Del teatro a un café de Santa María (no volveré a mirar los frapuccinos de moka de la misma forma). Platicamos, nos conocimos, reímos y develamos nuestros nombres: Alejandro, Teresa “mucho gusto”. Se terminaron los cafés, junto a nuestras ganas de alejarnos. Salimos a aventurarnos en un lugar completamente conocido, a la aventura de verme acompañado por aquella beldad de mujer, a la aventura de descubrir lo que sus ojos de mar escondían, de desnudarla de cuerpo y alma, a la aventura de conservarla hasta la cama de mi departamento.
Qué más da, ella no quería dormir sola, yo quería dormir con ella. Cerramos mi puerta, y ella dejo a un lado el pudor, la inocencia que sus ojos azules expresaban. Me besaba y no solo la boca, su aroma llegaba a la célula más recóndita de mi ser, la deseaba mas y mas a pesar de que la tenia ahí mismo. Los ojos…sus ojos, no eran humanos, podían saltar de la inocencia al deseo…ella no es humana. Me tiro sobre el sillón y en pocos minutos nuestra ropa tapizaba la sala. La historia, aunque vale la pena no la contare, el deseo de volver a hacerlo de nuevo seria incontrolable y la despertaría de su sueño.
Después mis sospechas fueron aclaradas, cuando ella vio a todos los demonios encerrados en las obsidianas de mis iris. Me lo dijo, e hizo que me acurrucara en su seno, creer que ella era lo mejor que había pasado en mi vida. Tenía sentido…era una demonio, me había seducido y yo había caído en sus redes.
Ahora ella duerme desnuda a lado de mí, entre mis sabanas. La blancura de su piel no me deja dormir, los surcos de su espalda cobijan mi insomnio. Absorto en su belleza, hechizado por su aroma, soy suyo, hasta que ella lo quiera.


